¿Cristianos en Rusia?

                               ¡Sí, ...muchos!

                                                                   Carlos Pape, SVD

 

¿Quién no recuerda el año 1989? La demolición del muro de Berlín fue el “hecho-símbolo” de una serie de acontecimientos que pusieron de cabeza la historia contemporánea, especialmente la europea. Hasta entonces habíamos vivido (también los chilenos) el mundo partido en dos bloques. Y esa oposición entre Occidente y comunismo soviético, que desde los años 50 dio lugar a la “guerra fría”, en los años 80 había provocado la temible pesadilla de un posible desastre nuclear.

Con la caída del muro de Berlín, el bloque soviético se deshizo. Surgió un nuevo mapa de Europa oriental. Cayeron barreras políticas y económicas de 70 años, pero aparecieron barreras culturales que, en buena parte, explican el convulsionado proceso de reordenamiento en que esos pueblos del Este se encuentran actualmente. Hemos vuelto a tomar conciencia de que Polonia, Eslovaquia y Hungría relacionan su pasado de preferencia con la Europa “latino-germana”, mientras que Serbia, Bulgaria, Ucrania y Rusia han recibido su herencia religiosa y cultural de Constantinopla.

 

1. Los mil años de la “santa Rusia” (988 - 1988)

 El milenio comenzó cuando el Gran Duque de Kiev Vladimir (San Vladimir para la Iglesia ortodoxa) llevó a su pueblo a las orillas del Dnieper y lo hizo bautizar. Ese trascendental bautizo tuvo lugar el año 988. El patriarca de Moscú quiso sacar todo el partido posible de esa fecha. Las autoridades soviéticas, por su parte, no pudieron restar importancia a un acontecimiento que, de algún modo, interpretaba el pasado de su gran nación. Al menos tenían que admitir su importancia “cultural”. La celebración más solemne tuvo lugar en la magnífica iglesia de San Daniel, donde el patriarca tiene su sede. Hubo invitados distinguidos de todas las Iglesias... ¡pero el Obispo de Roma no fue invitado!

La celebración de 1988 era el punto de llegada de la larga historia eclesiástica rusa marcada por signos de grandeza y humillación. La Iglesia ortodoxa quiso, sin duda, poner de manifiesto que la fe en Dios continuaba siendo el punto de referencia obligado de los pueblos herederos de San Vladimir. Esa fe, en el pasado inmediato, había tenido que enfrentar una de las persecuciones religiosas más prolongadas y más despiadadas de la historia. El camino de la cruz comenzó en 1917. Para los bolcheviques la Iglesia era uno de los “enemigos de clase” que había que eliminar. La Iglesia ortodoxa contaba entonces con 73 diócesis, 163 obispos, 54.000 templos (iglesias), 1025 monasterios, 94.630 monjes (hombres y mujeres), 51.000 sacerdotes, 57 seminarios, 37.500 escuelas parroquiales, 290 hospitales.

2. En los años de la “perestroika”

En 1987 la revista ‘Time’ dio a Gorbachov el título de “hombre del año”. En el reportaje que le dedicó, se señala que la anciana madre del Secretario General del Partido Comunista Soviético estaba viva aun y que iba continuamente a la iglesia ortodoxa de su aldea. Ella habría bautizado al pequeño Michail Sergejevic en 1931. Este, por su parte, recuerda que sus abuelos escondían los íconos (las imágenes sagradas) detrás de los retratos de Lenín y Stalin y que, de vez en cuando, los llevaban a la iglesia.

En su brillante actuación política, Gorbachov mostró una actitud poco definida respecto a la religión. Un día le preguntaron: - Sr. Gorbachov, ¿qué piensa de la relación de marxistas y cristianos? Echando mano de una cita bíblica, respondió: “Hay un tiempo para tirar piedras y un tiempo para recogerlas....” Bien se puede decir que él comenzó a recoger las piedras que antes habían servido para matar a los testigos de la fe. “La auténtica atea en la familia es mi mujer”, afirmó en otra oportunidad.

Sin embargo, no fue Gorbachov quien creó el ambiente favorable a la religión en Rusia. Con anterioridad a él, diversos factores habían operado poco a poco el cambio. Entre ellos la desilusión de la gente de promesas y esperanzas jamás cumplidas, la corrupción y el oportunismo que caracterizaban todo el manejo del poder político, males crónicos que regularmente venían siendo condenados por los ideólogos del partido. En la medida en que crecía la frustración de un futuro que siempre se presentaba más problemático, la gente volvió la mirada a su pasado, quiso reencontrar las propias raíces, los valores de los abuelos. En esta misma línea de búsqueda y disidencia se encontraron en esos años grandes intelectuales y hombres de ciencia, tales como Pasternak, Sakharov, Solzenitzin.

En el Estado oficial y graníticamente más ateo de la tierra, la religión seguía atrayendo gente, tanta gente, personas las menos pensadas y no sólo las “viejitas”.... como lo lamentaba un filósofo ruso que escribía en la Pravda en 1987: “Mientras por un lado seguimos definiendo la religión como un fenómeno superado, no podemos cerrar los ojos delante de la evidencia que la mayor parte de los creyentes de hoy nacieron bajo el régimen soviético y fueron educados en un ambiente ateo...”

En 1988 se estimaba que el número de obispos ortodoxos en ejercicio eran unos 70 y el de los sacerdotes unos 10.000, con 7.500 lugares de culto

 

3. Los cristianos ortodoxos y católicos en Rusia hoy

 

La Iglesia ortodoxa sobrevivió la tempestad del comunismo. Para muchos, una reliquia del pasado porque, al parecer, no tiene peso en la vida real de la sociedad rusa. Para muchos otros, sigue siendo el alma del pueblo ruso. El metropolita de Kiev observa al respecto: “La Iglesia ortodoxa ha dado mucho a este pueblo; le ha comunicado el sentido de la belleza divina, formando su música, su arquitectura, su iconografía, su escritura, su literatura. Fue la Iglesia la que proporcionó instrucción al pueblo ruso; ella abolió la poligamia pagana y edificó aquel modelo de familia cristiana con el cual la sociedad rusa supo resistir la arremetida tártara y mongola, y de la cual ha sacado la fuerza moral para resistir las inumerables agresiones que nuestra patria ha sufrido a lo largo de los siglos. Hoy le corresponde a la Iglesia ortodoxa el cometido de perpetuar esa espiritualidad, sin la cual el mundo se está emprobreciendo cada vez más....”                                                       

La Iglesia católica (de rito latino) en Rusia, se remonta a dos siglos atrás, cuando ya había pequeñas comunidades católicas en la mayor parte de las ciudades. Esas comunidades eran más grandes en las regiones meridionales: en Ucrania, Bielorusia y El Cáucaso. La mayor parte de esos fieles son de origen polaco, alemán o báltico. Fueron perseguidos y desterrados en tiempos de Stalin. En los años ’60 y ’70, los sobrevivientes regresaron de Siberia o Kasaquistán y, sin sacerdotes, formaron grupos que se juntaban para rezar e instruir a los hijos. Después de más de 70 años de drástico totalitarismo anti-religioso, la Iglesia católica logró sobrevivir, si bien en forma muy disminuida en lo que respecta a su expresión material e institucional.

En los años ’90, la Santa Sede  erigió una Administración Apostólica, con sede en Moscú, para asistir a esos católicos de rito latino. En 1995 se habían vuelto a registrar 80 parroquias en Rusia europea y otras 90 en muchos puntos de Siberia, adonde fueron deportadas familias católicas. Actualmente, más de 110 sacerdotes católicos, en su gran mayoría extranjeros, ejercen su  actividad en Rusia europea. Es difícil señalar cuántos son los católicos. Algunos sondeos indican que podrían representar el 1% de la población rusa, es decir unos dos millones.

¿Cuál es la misión explícita de la Iglesia católica romana en un país con una larga historia y fuerte tradición de Iglesia ortodoxa?

- Sin duda, en primer lugar consiste en dar asistencia religiosa a los católicos de rito latino esparcidos en pequeñas comunidades por toda Rusia.

- La Iglesia católica está especialmente interesada en aquellos grupos de personas que no se identifican étnicamente con el pueblo ruso. Muchos se establecieron en el pasado en Rusia por muy diferentes razones. Ahora también ellos tratan de volver a sus raíces y reafirmar su identidad.

- La Iglesia católica está dispuesta también a entrar en diálogo con los cristianos ortodoxos que ven el valor y la necesidad de la colaboración ecuménica.

- Desea asimismo mantener una relación cordial con los ateos que igualmente están en busca de valores e identidad filosófica.

 4. La Congregación del Verbo Divino en Rusia

La Congregación quisiera ayudar a responder los exigentes y enormes desafíos de Rusia. Desde Bielorrusia ha extendido su actividad al mundo complejo y pluralista de Moscú. Dentro de la programación pastoral de su parroquia de Santa Olga ha puesto en marcha el ‘Centro de Juventudes Taganka’, una iniciativa conjunta con las Misioneras Siervas del Espíritu Santo. Uno de los verbitas presta su colaboración al semanario católico diocesano «Svet Evangelia» y al programa radial «Dar», patrocinado por la Radio Ortodoxa.

 

Los verbitas dirigen otras dos parroquias: en Tambow (unos 500 km al sur de Moscú) y en Wologda (a unos 500 km al norte de Moscú), donde desarrolla su apostolado también una comunidad de las Misioneras Siervas del Espíritu Santo.

Las actividades pastorales en estas tres parroquias tienen enfoques diferentes. Queda poco espacio para el servicio tradicional sacramental. El número de católicos es muy reducido. Se ve la necesidad de introducir el apostolado bíblico y programas de acción social. La gente debe redescubrir lo que significa ser cristianos. Pero la Congregación se ha hecho presente también en Siberia.

El Superior General de la Congregación, P. Enrique Barlage, escribía hace poco a las comunidades verbitas en los siguientes términos: “Del 3 al 11 de septiembre (1998), pasé por Moscú. De ahí hice una visita a Mons. Jorge Mazur, en su residencia de Irkutsk, Siberia. Antes de este viaje, Siberia era para mí sinónimo de campos de concentración y de trabajos forzados, país de tundras y de infinitos bosques. Una tierra de pobres, lugar de gentes en busca de trabajo y de hogar: lituanos, polacos, alemanes y muchos otros... Ahora he visto la otra cara de Siberia. Es un territorio cuyos habitantes están buscando su identidad. Pero, sobre todo, es un país cuya gente ha sido ahora confiada al cuidado pastoral de uno de nuestros hermanos, Mons. Mazur. Siberia es un país que reclama la presencia de la Congregación.” El obispo verbita, en medio de la inmensidad siberiana, se gloria de ser misionero en la diócesis más grande del mundo.

 

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