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EN JAPÓN
P. Osvaldo Vargas, svd |
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La misión cristiana en Japón se enmarca en un contexto de presencia y testimonio, encuentro y diálogo. Participar en el misterio de la encarnación y cruz del Señor, y experimentar su presencia aquí en Japón, son parte de mi experiencia. “Encarnarse” en una cultura tan distinta a la chilena es un proceso largo y difícil. Largo, ya que el idioma y la cultura japonesas son muy complejos. Llegar aquí es como haber sido concebido de nuevo, estar en el tiempo de gestación, pero no haber nacido todavía. Es un proceso que requiere mucha paciencia y humildad. “Paciencia”, por el hecho de que muchas veces la meta (hablar e idioma, integrar las costumbres...) se ve muy lejana; y “humildad” porque muchas veces uno se siente “nada” o se siente como niño totalmente dependiente de los demás. Hay muchas cosas que acontecen alrededor, pero la mayoría de las veces uno queda “colgado”, por no decir que no entiende nada. Digo “participar en la encarnación del Señor” en el sentido de “decir adiós” a mi idioma, a mis tradiciones culturales (por ejemplo aquí se come arroz todos los días, y con “palitos”, he comido “anguilas”, pescado crudo, hay que sentarse en el suelo, hay que sacarse los zapatos al entrar a la casa...) y digo participar en la cruz del Señor en cuanto a lo difícil que es el proceso. Japón, el país del “sol naciente”, es un país del así llamado “primer mundo” modernísimo, de exigente ritmo de trabajo, de mucha eficiencia. La gente se ve muy amable y honesta. No se ven asaltos, ni robos. Se puede caminar tranquilo a cualquier hora y en cualquier lugar. Se ve un país de antiquísimas tradiciones en su cultura, y de gran sentido religioso en las personas. Como ustedes ya saben o sospechan, los cristianos aquí en Japón somos muy pocos. La mayoría profesa el budismo o el sintoísmo. Así la misión cristiana aquí en Japón, se enmarca en un contexto de presencia y testimonio, encuentro y diálogo, entre otros aspectos. Dios (“Kamisama” o “chichi” en japonés) no es proselitista. Es omnipotente, pero a la vez cercano al hombre. De hecho se hizo hombre (Jn 1, 14-15). Por tanto trasciende los credos religiosos y es posible descubrir su rostro y experimentar su presencia en un mundo cultural muy complejo y en medio de personas de tan distintas costumbres y credos religiosos con relación a nosotros. ¡Sayooonara (chao)! |