| Reflexión Nº 1 |
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MISIONERO POR AMOR |
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José Freinademetz y el espíritu de las Bienaventuranzas José Freinademetz, al igual que Arnoldo Janssen, estaba convencido que “El anuncio de la Buena Nueva es la más alta expresión del amor al prójimo”. Jesús indica a todos el camino hacia la vida en plenitud, incluso más allá de la muerte. José Freinademetz se hizo misionero para que las personas puedan descubrir este camino. Se hizo misionero por amor. En el mensaje de Jesús las Bienaventuranzas (Mt 5, 1-12) tienen una importancia fundamental. No se trata de mera enseñanza teórica, sino muestran lo que Jesús vivió y experimentó. Las Bienaventuranzas, de alguna manera, deben convertirse en realidad en la vida de cada cristiano auténtico y, más aún, en cada santo, si bien cada uno las vive de un modo nuevo y distinto. Uno destaca más específicamente lo qué significa ser pobre ante Dios; en otro brillará de forma especial la misericordia; un tercero se distinguirá más como promotor de la paz; etc. Veamos ahora cómo José Freinademetz vivió, a lo largo de su vida, tres de las Bienaventuranzas. 1. Dichosos los que son pobres ante Dios, pues de ellos es el Reino de los cielos José Freinademetz vivió el espíritu de esta bienaventuranza. En la casa paterna se vivía en condiciones muy humildes. En China optó, no sólo obligado por la necesidad, sino de buen grado, por una vida pobre. Vivió pobremente y, con frecuencia, míseramente; contento con la comida más sencilla, una vivienda humilde y el carro más miserable. Sin grandes pretensiones para sí mismo, compartía con los otros lo que tenía y entregaba a los pobres cuanto podía ahorrar. Siendo joven coadjutor en San Martín llevaba ya este ritmo de vida. Por más que dedicó todas sus fuerzas a la Misión hasta consumirse, nunca consideró como algo extraordinario lo que hacía, más bien temía hacer demasiado poco. Jamás pensó que su vida, llena de privaciones e incansable en el trabajo, mereciese méritos ante Dios, antes bien, se consideraba indignamente favorecido por Dios. Escribió una vez: “Ser misionero no lo considero un sacrificio que ofrezco a Dios, sino como la mayor gracia que Dios me concedió”. El Obispo Mons. Henninghaus, muchos años colaborador suyo, cuenta cómo en cierta oportunidad predicando los ejercicios espirituales a los misioneros, mientras hablaba su mirada se dirigía constantemente al Santo, sentado en la primera fila, y siempre le venía el pensamiento: ‘El Padre Freinademetz realiza todo cuanto yo digo. En realidad lo único que hago es hablar sobre él’. Así veían muchos al P. Freinademetz, pero ciertamente no él mismo, pues siempre pedía en la oración: “para que finalmente me convierta”. “Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: no somos más que unos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer” (Lc 17, 10). Para Freinademetz esta actitud era lo más natural - y además se sentía feliz. El Santo había dejado patria, padres, hermanos y renunciado a esposa e hijos para anunciar el Evangelio. Experimentó cómo el Señor cumple su promesa de dar el céntuplo en esta vida: China fue su patria, los chinos, si bien en un principio le parecieron muy extraños, fueron sus hermanos y hermanas y los amó tanto como a padres e hijos. 2. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados A José Freinademetz le resultaba difícil entender que las personas que él había ganado para la fe tuviesen que sufrir tantas hostilidades y persecuciones; fueron expulsados de la comunidad, robados, encarcelados, asesinados. Freinademetz, defendiendo a los neófitos, luchó incansablemente contra esta injusticia sin tener en cuenta su propio bien y su seguridad. Visitaba las altas autoridades estatales para defender a los cristianos. Se implicó también en muchos procesos judiciales. Esto le hizo sentir la humillación de tener que retirar sus acusaciones ante el juez por miedo a represalias, apareciendo como un acusador sin fundamento. También le tocó vivir la amarga experiencia de cristianos que le mintieron y que con su ayuda ganaron injustamente un proceso. Una vez descubierto el engaño, trató siempre de enmendar la injusticia cometida. Ya durante los años de seminario el Beato se esforzó por cumplir meticulosamente la voluntad de Dios. Más tarde consideraba el afán por alcanzar la perfección como fundamento para un fructífero servicio misionero. Tender a la perfección no es otra cosa sino esforzarse por vivir según el espíritu de Jesús y cumplir la voluntad de Dios; es, sencillamente, vivir la fe en el día a día. Esta inclinación en Freinademetz no provenía de una actitud de esclavo ante Dios, sino de su profunda fe y convicción que el buen Padre de cielo, sabio y poderoso, quiere nuestro bien. 3. Dichosos los perseguidos a causa de la justicia, de ellos es el Reino de los cielos José Freinademetz al emprender viaje hacia China era consciente que podrían sobrevenirle persecuciones, incluso, la muerte como mártir. Una cosa es ser consciente y otra vivirlo en su propia carne. Ser continuamente insultado por los chinos como el “demonio europeo” no parece ser tan horrible, pero muestra la atmósfera reinante. A Freinademetz le agobiaban mucho estos insultos, pero no se dejó intimidar ni tampoco cejar en su labor. Tampoco huyó cuando su vida corría peligro. Como menciona el Santo en sus cartas, muchas veces intentaron asesinarle. Cuando se trataba de defender el rebaño del Buen Pastor, no dudó en meterse en la madriguera del león. Es muy conocido un episodio. Había solicitado y obtenido de un Mandarín la liberación de un catequista y luego, estando en la posada, fueron agredidos por una banda de hombres; le robaron todo, los pringaron a ambos con excrementos y apalearon casi hasta morir. Al estallar la insurrección de los Boxers y todos los extranjeros, por orden de las autoridades chinas y de las potencias occidentales, se refugiaron en las ciudades de la costa, Freinademetz regresó a la misión de Puoli para no abandonar a los cristianos en el momento de peligro. Lo que él se esperaba queda patente por el hecho de preparar al martirio a los cristianos que se habían refugiado en la misión. El martirio tampoco le amilanaba, más bien, como escribió, le hubiera gustado morir mártir. Con alegría hubiera dado su vida por Aquel que por él y por todos nosotros entregó su vida en la cruz. X Veamos ahora nuestra vida a la luz de la Bienaventuranzas y de la vida de José Freinademetz. X “El idioma del amor es el único idioma extranjero que entienden los paganos” X ¿No es, por tanto, comprensible que la oración más querida de Jesús, el Padrenuestro, fuese también la oración más querida de Freinademetz? P. Lothar Janek |