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Charla dada en el Centro de Espiritualidad Misionera el día 19 de Noviembre 2002 |
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De dónde venimos, qué etapas hemos dejado atrás, hasta dónde hemos llegado, hacia dónde nos encaminamos... si estas preguntas son importantes para cualquier persona o institución, lo son aún más para una asamblea como la nuestra o para una congregación religiosa que se extiende a través de sus comunidades y actividades a muchos países. Junto con la Iglesia vivimos un momento de encrucijada histórica en el que se desenvuelve un proceso de cambios profundos al final y comienzos de siglo. La pregunta “¿de dónde venimos?” me hace pensar en un hecho significativo de nuestro pasado verbita. Corría el mes de octubre de 1965. En la basílica de San Pedro en Roma tenía lugar la última sesión del Concilio Vaticano II. El esquema de misiones, rechazado anteriormente por el Concilio por no responder adecuadamente a la trascendencia del tema ni a las expectativas de los obispos, fue presentado nuevamente en el aula, totalmente rehecho. Coordinador de los trabajos de redacción y ahora orador en el aula conciliar es el P. Juan Schütte, 51 Superior General de la Congregación del Verbo Divino. La víspera de la clausura del Vaticano II, el esquema fue sometido a su última votación. Con 2394 votos a favor y 5 votos en contra alcanzó la mayoría más alta en las votaciones del Concilio. Pienso que esta intervención del Superior General de nuestra Congregación durante el Vaticano II destaca un momento crucial del camino que la Iglesia ha recorrido en su pasado y pone de relieve la orientación misiológica que también había de poner en práctica a partir del Concilio. Sólo 50 años atrás,... un fin de época, una encrucijada histórica que ha permitido sentir al vivo no sólo la profundidad con que el mundo cambia su rostro, sino también el dinamismo con que el Espíritu va guiando a la Iglesia hacia la posesión de 'la verdad cada vez más plena' (Jn 16,13). 1. Una experiencia nueva del mundo Con la segunda guerra mundial sonó la hora del despertar de las naciones del así llamado "Tercer Mundo", la hora de su independencia. En pocos años y en una sucesión incontenible de acontecimientos, se trazó el nuevo mapa del Asia y de Africa. El mundo colonial eurocéntrico y monocultural, - porque la única civilización y cultura verdadera era supuestamente la europea, - cedió ante la irrupción tumultuosa de los "nuevos" países del Asia y Africa contemporáneas. Sacudían su pasividad. Rompían su silencio. Reclamaban sus derechos y proclamaban su independencia política, su identidad cultural y religiosa. Cien años antes, cuando Arnoldo Janssen, el Fundador de la Congregación del Verbo Divino, era estudiante universitario, se había vivido la época de los últimos 'descubrimientos' hechos por el hombre blanco, cayendo las últimas barreras geográficas que hasta entonces habían mantenido aislados a muchos grupos humanos. La segunda mitad del siglo había impulsado una formidable expansión misionera. Entre sus más renombrados gestores valga mencionar a Marcel Lavigerie, Daniel Comboni, Eugenio Mazenod, Guillermo Massaia, Marion de Brésillac, etc. Había sido, asimismo, el tiempo cumbre de la dominación colonial del mundo occidental /europeo sobre los demás pueblos. En efecto, desde que Europa se había adueñado del mar, pudo imponer su ley, sus mercados, su cultura y su religión, en todos los continentes. Fue la época del colonialismo en su forma más descarada. Así como España y Portugal se habían adueñado de América, las otras potencias europeas, y más tardíamente también Estados Unidos, se repartieron la herencia de los pueblos afro-asiáticos. En el Lejano Oriente, después de siglos de encerramiento, China y Japón eran obligados por la fuerza de las armas y de la política colonialista occidental a ponerse en contacto con el Occidente. Indochina, Corea, Malasia, Zanzíbar o el Congo por largos años alimentaron la fantasía de los novelistas y sirvieron de telón de fondo de nuestro concepto de 'las misiones de lejanas tierras'. Católicos y protestantes rivalizaron en adelantar sus fronteras denominacionales, poniéndose bajo el amparo complacido de sus respectivos gobiernos coloniales. En realidad, poder colonial y misión cristiana marcharon de la mano un buen trecho del camino; una identificación que tendría que pagarse cara a la hora del inevitable vuelco político. De hecho, sirvió para justificar violentas persecusiones anticristianas. Con razón se ha dicho que la gran experiencia que ha tenido que hacer la Iglesia en nuestro tiempo ha sido precisamente la experiencia de este mundo nuevo: geográfica y técnicamente unificado, pluricultural y profundamente entrelazado en un destino común. Cogida en la red del progreso tecnológico, con sus mallas cada vez más estrechas de comunicación instantánea, trasportes y recíprocos condicionamientos económicos y políticos, la tierra se había convertido en "la pequeña aldea" planetaria. Esta experiencia, sentida en términos de novedad, desconcierto y admiración, acompañó como 'leitmotiv' los trabajos del Vaticano II y la reflexión eclesial de la época posconciliar. 2. La visión misionera de la Iglesia colonial ¿Pero, cuál fue la visión misionera que caracterizó la época pre-Vaticano II?. Sin ánimo de acusar el pasado y consciente de correr el riesgo de simplificar cosas que en sí son complejas, creo que pueden ser señaladas como válidas las siguientes características: - La misión fue ampliamente concebida en términos de expansión religioso-cultural del Occidente. Conocido es, al respecto, el juicio crítico de un Karl Rahner quien vio en la Iglesia misionera de aquel entonces una especie de "firma de exportación que despachó a todo el mundo una religión europea, y su cultura y civilización supuestamente superiores." - Fue un movimiento unidireccional del centro cristiano a la periferia no-cristiana, de los países cristianos a "los territorios de misión", del hombre blanco al hombre de color, de una Europa que da a los países que reciben, de una Europa que sabe a la humanidad que se encuentra en la ignorancia; el movimiento del centro de la luz a la región de las tinieblas. - Fue llevada a cabo por la Santa Sede y por agentes del clero y de las órdenes religiosas. El mismo Derecho Canónico establecía que el trabajo misionero "queda reservado únicamente a la Sede Apostólica” (can 1350, &2). - En las circunstancias concretas de la época, la misión estuvo puesta, en gran medida, 'nolens volens', bajo el alero de los gobiernos coloniales. - La actividad misionera encontró su más fuerte estímulo en la convicción de estar al servicio de la 'salvación de las almas' y de la 'implantación de la Iglesia' como institución visible de salvación. - El lugar de la misión se encontraba en la periferia del mundo, donde aún había que implantar la Iglesia. Una vez implantada ésta, la misión llegaba a su fin, y la vida eclesial podía iniciar su camino normal. La misión, aún sentida como una responsabilidad y un compromiso importante, tenía por lo tanto un carácter provisorio. Mantenía su vigencia mientras 'el mundo' no fuera cristiano o mientras no estuviera establecida la institución visible de la Iglesia. El rechazo que ella hizo del proceso de evolución cultural moderno - (piénsese en las frecuentes condenaciones que lanzó contra las tendencias "liberales" y modernistas a partir de la restauración católica del siglo 19) - habían marcado con un sello "anti" su relación con la sociedad civil. La Iglesia no era vista como compañera de camino, sino como alternativa opuesta a la sociedad civil y como rival del Estado laico. Comentando este desarrollo histórico, el teólogo Congar señala que "se terminó por crear una religión sin "mundo", y un mundo sin religión". Ilustra este desfase mostrando cómo el monumental Dictionnaire de Théologie Catholique, de 15 volúmenes publicados entre 1903 y 1950, ignora por completo los siguientes temas: Trabajo, Familia, Paternidad, Maternidad, Mujer, Amor humano, Sexo, Placer, Alegría, Sufrimiento, Economía, Política. En cambio bajo el vocablo "Poder" hay 103 columnas sobre el poder del Papa en el orden temporal (!). "Parecía posible, - escribe un teólogo, - construir una teología de la Iglesia sin pensar en el mundo: en él podían pensar los ascetas para exorcizarlo y los misioneros para conquistarlo... parecía que el mundo constituía sencillamente una realidad negativa y provisoria." 3. Horizontes misioneros del Vaticano II "Aggiornamento" ("puesta al día") fue la consigna que acuñó el Papa Juan XXIII para designar la renovación que él esperaba del Concilio Vaticano II. Una "puesta al día" en el contexto del mundo moderno. Una superación de la mentalidad de ghetto que, como una barrera, separaba la Iglesia del mundo. Sobre el trasfondo descrito, comprendemos que la invitación del Papa Juan XXIII de discernir los "signos de los tiempos" suscitara una amplia simpatía entre los sectores católicos más despiertos y preocupados en el campo de la reflexión teológica y de la acción pastoral. Anunciado el Concilio, la Iglesia estaba lanzada a la tarea de salir al encuentro del mundo, para ayudar a transformarlo y hacerlo más conforme al designio de Dios. Con ello, la Iglesia del Vaticano II estaba aceptando, al mismo tiempo, correr el riesgo sociológico de abandonar un marco de referencia seguro, que de muchas maneras se había mostrado eficaz en el pasado, y optando por una visión teológica, eclesiológica, antropológica y misiológica diferente, que la iba a someter a la prueba de un verdadero terremoto eclesial en los años del posconcilio. El Vaticano II reafirmó, sin duda, en forma decidida el mandato misionero de Jesús tal como lo encontramos en los conocidos textos de Mt 28 y de Mc 16. Pero la novedad consistió en que permitió releer ese mandato desde una perspectiva diferente. En efecto, el Vaticano II abrió puertas hasta entonces cerradas para comunicarse con el mundo y el hombre contemporáneo: - me refiero, por ej. a la atención que dio a la persona humana, situada en el recinto íntimo de su libertad y en el foro de su conciencia indidividual, donde lo alcanza la misteriosa acción de Dios que quiere salvar y llevar a todos a la verdad; - o a la nueva manera de tratar a las Iglesias no-católicas, hasta entonces anatematizadas, en actitud de estima y diálogo ecuménico; diálogo que parte de la convicción de que la Iglesia católica no es expresión única ni acabada de la Iglesia de Cristo; - o la valoración positiva, hasta entonces impensable, de las tradiciones religiosas de los pueblos no-cristianos, cuyas manifestaciones habían sido juzgadas como fruto de ignorancia humana y perversión diabólica; - o, en fin, la apertura a las realidades del mundo secular, sus culturas, progresos y peligros, en medio de las cuales Dios realiza su plan de salvación, más allá de la acción de la Iglesia. Estas puertas abiertas hicieron posible, por así decirlo, un salto cualitativo de la Iglesia de cara a su futuro. A través de ellas se individuan algunas de las conquistas irrenunciables del proceso de renovación conciliar. Ahora bien, cuando la Iglesia se puso en el Vaticano II la pregunta acerca de su propia identidad y de su misión ante el mundo, ¿en qué términos definió esa misión? Tres parecen ser las líneas de fondo que sirven de coordenadas para la renovada visión misionera, entregadas por el Concilio Vaticano II. - Primero, la Iglesia se autodefinió como "sacramento, es decir, señal e instrumento, de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano" (LG 1). )Cuál es su misión? "La Iglesia - dice el Concilio - recibió la misión de proclamar el Reino de Cristo y de Dios y de establecerlo en todos los pueblos; ella es en la tierra el germen y el principio de este Reino...y mientras va creciendo poco a poco, anhela el Reino total y espera ...(LG 5). Hubo tiempo en que se consideró la Iglesia como el Reino de Dios en la tierra. El Vaticano II nos ha enseñado que es sólo un signo de una realidad que la sobrepasa en mucho y de una acción divina que misteriosamente alcanza a todos los hombres, de todos los tiempos. La Iglesia no monopoliza toda la presencia de Dios en el mundo ni canaliza toda su voluntad salvífica. Hay una presencia del Espíritu Santo más allá de las fronteras visibles de la Iglesia que "ofrece a todos los hombres - como dice el Concilio - la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien al misterio pascual de Cristo" (GS 22). Esto nos obliga a cambiar nuestra manera tradicional de concebir la misión. Y nos invita, como magistralmente lo señaló Paulo VI en la encíclica que mejor condensa el espíritu del Concilio, 'Ecclesiam Suam', a una actitud fundamental de diálogo con el mundo contemporáneo y con todos los hombres, comenzando con los propios hermanos en la fe y no descuidando, incluso a los que dicen no tener ninguna fe religiosa. Una Iglesia o una misión en diálogo no puede ni ser egocéntrica, ni misántropa, ni secularizante ni teocrática. Asumir la actitud de diálogo implica fidelidad a la propia identidad, respeto a la identidad del interlocutor, capacidad de escucha y sensibilidad ante el misterio de Dios que siempre desbordará la limitada experiencia que de él podamos tener. De ese misterio la Iglesia es 'signo' y no realidad total. - La segunda línea tiene que ver con la Iglesia-comunión. Si por mucho tiempo nos habíamos habituado a ver en la Iglesia ante todo su aspecto organizacional, su carácter de sociedad visible y jerarquizada, orientada unilateralmente hacia su cúspide vaticana, hoy deberíamos ver más bien la Iglesia como una comunión de muchas iglesias locales - continentales, nacionales, diocesanas y aún menores - presididas por sus propios Pastores. Estos no son Pastores delegados, sino de derecho divino y unidos entre sí por lazos de fraternidad y servicio, "cum Petro et sub Petro" (ChD 1 ss). Se reconoce con esto el principio de la encarnación como ley de la Iglesia. La Iglesia universal no existe concretamente sino en su expresión particular, pues sólo en esta calidad de particular puede responder a las exigencias recién aludidas del diálogo con el medio circundante, social, histórico, cultural, etc. Esto es lo que llamamos inculturación. De cada una de ellas se predica la nota teológica 'una, santa, católica y apostólica' (LG 26). Cada una es "esencialmente misionera" y, por lo tanto, sujeto de la misión. Su obispo, sucesor de los apóstoles, es consagrado para la evangelización del mundo y no exclusivamente para la atención de su diócesis (AG 38). Desde esta perspectiva, se sintió también la necesidad de reorganizar la planificación vigente de la actividad misionera. El principio de exclusividad con que hasta entonces había sido regulada desde la Sagrada Congregación de Propaganda Fide fue suplantado por el principio de participación de todas las Iglesias. Así volvía a colocarse la misión en el corazón mismo de la Iglesia. (Importantísima perspectiva conciliar de la misionariedad de la Iglesia!. Finalmente, una tercera línea nos fue dada cuando la Iglesia se definió a sí misma como Pueblo de Dios. En calidad de tal perpetúa entre las naciones la misión de Israel. Con él Dios ha sellado su alianza, la nueva alianza en Jesús muerto, resucitado y elevado a la gloria del Padre para ser heredero de todos los pueblos (AG 1). Pueblo de Dios, cuyos ciudadanos están investidos de una igualdad fundamental: "El Pueblo de Dios es uno: un Señor, una fe, un bautismo. Es común la dignidad, común la gracia de la filiación, común la llamada a la perfección...no hay, por consiguiente, en Cristo y en la Iglesia ninguna desigualdad por razón de raza, nacionalidad, condición social o sexo" (LG 32, l3). Pueblo de Dios, finalmente, sometido a la condición peregrinante de los demás pueblos, solidario con ellos en un mismo destino humano, sensible a sus "gozos y esperanzas, a sus tristezas y angustias" (GS 1). Estos acentos cobran enorme importancia cuando nos preguntamos qué modelo de Iglesia necesita el mundo, cómo establecer relaciones más participativas entre Pastores y comunidades cristianas, cuál es la vocación del laico, etc. Horizontes abiertos a nuevos modelos de autorealización eclesial, tema hoy de gran actualidad. Puesto este marco de referencia nuevo, uno puede lamentar que las esperanzas inmediatas puestas en el Concilio, en orden a provocar un gran entusiasmo misionero en la Iglesia, no se cumplieron. Al menos, no así como se lo esperaba. En los años post-conciliares se vivieron muchas contradicciones al interior de la Iglesia, hubo confusiones, reduccionismos, exageraciones. El rol del misionero ya no se identificó únicamente, - con frecuencia ni prioritariamente - con el anuncio directo del Evangelio ni con la implantación de la Iglesia, sino con la dignificación del hombre, con la denuncia del desorden social imperante y con las exigencias de su cambio. Por otra parte, hay que admitir que, a través de toda esta etapa de búsqueda, se abrió paso una visión más amplia de la misión de la Iglesia. La encontramos en los documentos de la Iglesia, Evangelii Nuntiandi y Redemptoris Missio, de los años 1975 y 1990. En medio de las contradicciones provocadas por el choque de tendencias eclesiales de signo contrario, actualmente presentes en la Iglesia con todas sus consecuencias de crisis de identidad, adquiere carácter de imperativo el retorno continuo al modelo de misión y al modelo de Iglesia que nos legó el Vaticano II. Aunque han pasado casi 30 años del Vaticano II, bien se puede afirmar que la Iglesia añorada por el Concilio todavía está aún en camino, está por hacerse. Gracias a Dios, la dirección del camino está trazada. Nosotros, como instituto religioso y misionero, estamos llamados, hoy más que nunca, a optar por esos horizontes irrenunciables de la misión que nos mostró el Vaticano II, si no queremos vernos expuestos a la ambigüedad de nuestros objetivos y, en definitiva, a la paralización de nuestros esfuerzos. No cabe duda que el Vaticano II fue un punto de llegada de un desarrollo que se venía preparando desde lejos; pero igualmente un punto de partida de un camino que no puede detenerse. Más que una norma que tiene que ser aplicada, el Concilio encarna un nuevo espíritu con que la Iglesia realiza su vida y misión en el mundo, una nueva manera de discernir los signos de los tiempos que se van presentando en su camino. Desde esta perspectiva las congregaciones misioneras han ido abriendo su camino y reformulando su identidad en el marco de las exigentes condiciones socio- políticas y culturales de cada uno de los países donde trabaja. 4. La misión en perspectiva de futuro El Vaticano II nos invitó a escrutar y definir los signos de los tiempos a la luz del Evangelio. Hoy somos ciudadanos de un único y pequeño mundo. Nos vemos empujados por una creciente oleada de factores que nos ponen en estrecha conexión: redes de comunicación, formas de una cultura global de masas, tecnología y mercado internacionales, moda, turismo, etc. Toma forma el sentimiento de lo global y de la responsabilidad común de nuestro planeta-tierra. Por otra parte, el panorama misionero se ha cambiado notablemente en los últimos veinte años. No sólo porque las Iglesias locales pueden afirmar su propia responsabilidad, cosa que antes no la hacían o no la podían hacer, sino porque los objetivos y los métodos de la misión han sufrido cambios radicales en nuestros días. Piénsese en el papel cada vez más limitado que las Iglesias de Europa están dando a la misión cuando se trata de personal misionero, y en el creciente número de misioneros provenientes de Africa y de Asia activos en sus países y en el resto del mundo. Así, la misión “ad gentes” se ha convertido rápidamente en “misión ad extra” o “misión internacional”. a. El cuidado de nuestro prójimo La globalización - algunos se manifiestan profundamente contrarios al uso de esta palabra como que no tuviera un sentido neutro, y optan más bien por usar la palabra mundialización -, pues bien la globalización bien entendida es una etapa donde vamos tomando conciencia de que todos vivimos en el mismo planeta, que dependemos los unos de los otros y que ningún acontecimiento del mundo nos es ajeno, que en definitiva dependemos los unos de los otros. Básicamente la globalización es un fenómeno positivo e inevitable. Los medios de comunicación y entretención llegan hasta las capas más pobres de la sociedad, las nuevas posibilidades del aprendizaje a través del Internet son una realidad en expansión, las nuevas tecnologías en la producción de alimentos, la integración regional de países, la disminución de nacionalismos estrechos,... todo esto son aspectos positivos de lo que llamamos globalización. Desde este lado positivo, tiene mucho que ver con la catolicidad. También ésta es apertura, camino hacia el otro, participación de todos en la realización del proyecto de promoción humana y salvación. Esto es lo que podría llamarse la utopía de la única familia humana unida y en desarrollo. Pero, lo cierto es que la globalización que estamos viviendo también tiene sus aspectos negativos: excluye a los más débiles, y ello por razones de orden económico. Es aquí donde se mezcla fàcilmente con el neoliberalismo económico de nuestro tiempo. Éste, el neoliberalismo, es una postura ideológica que desconfía de la democracia y de las organizaciones sociales, justifica las dictaduras y trata de desmantelar las protecciones laborales bajo el pretexto de que dañan el empleo. No cree en la justicia social, rechaza la idea del bien común, absolutiza el mercado libre y se opone a los sindicatos porque atentarían a la libertad de empresa. Hasta hace poco, el triunfo del neoliberalismo no se ponía en cuestión, se consideraba definitivo. No se creía en la viabilidad de salidas alternativas. Hoy, en cambio, el tema de las alternativas no sólo parece posible, sino también prioritario, porque este neoliberalismo deja ver sus contradicciones cada vez más evidentes. “Para los cristianos y cristianas de todos los tiempos y lugares, - señala con fuerza la teóloga brasilera Freitas – la práctica de Jesús es normativa. Pautear en ella la propia conducta es exigencia inalienable del Evangelio, condición de posibilidad del seguimiento. Hoy, bajo la hegemonìa económica y cultural del mercado, el seguimiento de Jesús supone tener el coraje profético de proclamar con la palabra y con la vida que ‘el sábado es para el hombr’ y no al revés. Que ningún orden social, ningún modelo de globalización puede anteponerse a la persona humana ni desconocer su dignidad.” La tarea es, entonces, saber ser contracultural, saber hacer frente a la paradoja de un mundo globalizado que no conoce vecinos, saber darle cuerpo y rostro concreto, dibujados con los rasgos de la solidaridad y del respeto, a toda persona humana. Ésta es el centro del proyecto salvífico de Dios. Sólo es progreso aquel avance que es verdaderamente humano y, por tanto, sirve a todos los hombres y a todo el hombre; no aquel que sirve a unos hombres a costa de otros o a una dimensión del hombre a costa del todo. Desde esta perspectiva, la moderna noción de progreso queda desautorizada teológicamente. b. En solidaridad con todo hombre inquieto por Dios En el comienzo del siglo XXI las religiones tradicionales parecen estar moviéndose en dos direcciones: de una parte, los movimientos políticos inspirados en ellas parecen asumir cada vez más vida. Un ejemplo es el fundamentalismo islámico que se organiza como fuerza política en el Medio Oriente y se levanta desafiante ante el resto del mundo. En varios países del Tercer Mundo el nacionalismo revolucionario cuenta con el apoyo de cristianos y seguidores de otras religiones. En algunos países del bloque post-comunista las Iglesias ortodoxas que han sobrevivido la persecusión ahora se alzan como voceros de la identidad étnica de sus naciones. En los Estados Unidos son numerosos los “evangelistas” que predican e insisten en la necesidad de un “renacimiento espiritual” que garantice la vocación mesiánica del país. Por otro lado, una actitud más tranquila y reflexiva mueve la conciencia de muchos. Desde los días del Concilio se ha abierto un ambiente de mutuo respeto y pacífica cooperación entre las religiones, como nunca antes en la historia de la humanidad. Se trata de un diálogo que va más allá de cualquier sectarismo y que expresa las ansias más profundas de la humanidad. Se trata de una experiencia que, inspirada en las motivaciones religiosas de cada uno, no insiste tanto en las diferencias doctrinales sino en el testimonio y posible cooperación en el servicio que las religiones pueden ofrecer a la humanidad. Si bien estas dos expresiones religiosas opuestas no chocan entre sí, la posibilidad de que suceda una confrontación en el futuro es bien posible. En efecto, la oposición que existe entre el fundamentalismo religioso y el diálogo interreligioso podrían desatar una verdadera crisis espiritual. El fundamentalismo asume formas de variada respetabilidad. Podemos mencionar las guerras de “pureza étnica” llevadas a cabo en nombre de convicción religiosa y todas las expectativas de conquista universal que puede abrigar una determinada tradición religiosa, sea que la logre mediante el proselitismo agresivo o la astuta acogida que terminará en la absorción de la otra religión dentro de la propia. La Iglesia Católica ha aprendido, sin duda, a relacionarse con respeto y estima con los adeptos de otras confesiones guiados por los mismos principios de búsqueda de Dios y de respeto al hombre. La fe es una luz que alumbra en un lugar tenebroso, decía San Pedro. Hay que echar mano de ella para iluminar críticamente las tinieblas de la historia, las mentiras del poder y la fascinación de los ídolos. Se impone un análisis lúcido de cuanto está sucediendo a nuestro alrededor, sea que suceda en Europa, en África o en nuestra América. Confiados en la acción del Espíritu queremos seguir construyendo una Iglesia solidaria, universal, multiracial, abierta a los laicos y a otras religiones y culturas, capaz de aceptar y reconocer los fracasos, y más orientada a la dimensión del ser que del hacer, una Iglesia, en fin, alimentada por una sólida espiritualidad. |