Una de las características de la Iglesia misionera, es el incremento de los misioneros laicos en las últimas décadas del siglo XX.
En la historia de la Iglesia siempre han existido cristianos laicos que, de una forma más o menos individual y por tiempo limitado, han salido de su tierra para colaborar en la actividad misionera de la Iglesia. Por lo general, son personas que van a los países llamados “de misión” para apoyar con un trabajo concreto en lo profesional o técnico y en la labor evangelizadora de los sacerdotes y religiosos. El trabajo de estas personas, hoy, es considerado como el de verdaderos misioneros.
Desde el Concilio Vaticano II, se ha ido produciendo dentro de la comunidad cristiana, un proceso de maduración por el que cada día se hace más real la imagen de la Iglesia como Pueblo de Dios. De acuerdo con esta visión que nos dejó ese Concilio, todos los bautizados están llamados a participar activa y responsablemente en todos los aspectos de la vida de la Iglesia.
En 1996, Juan Pablo II escribía en su exhortación apostólica Vita consecrata: “Los desafíos de la misión son tales, que no pueden ser eficazmente afrontados sin la colaboración, tanto en el discernimiento como en la acción, de todos los miembros de la Iglesia”.
Este impulso de responsabilidad cristiana, se ha abierto paso también en el campo de las misiones. Cada vez son más los laicos que, consecuentes con las exigencias de su fe, se sienten interiormente llamados a testimoniar el Evangelio entre pueblos que todavía no han recibido el mensaje de Jesucristo.
Estos misioneros quieren vivir su compromiso, no simplemente como ayudantes del sacerdote, sino como verdaderos misioneros desde su condición de laicos. Estos, son cristianos que buscan realizar su compromiso misionero de convivencia con otros pueblos y de promoción de los valores evangélicos de la solidaridad, la justicia y la paz.
Aún queda camino por recorrer para que el laicado misionero sea reconocido y aceptado con toda normalidad como un carisma más entre los muchos que el Espíritu Santo suscita dentro de la Iglesia. Todavía existe en algunos sectores de la comunidad cristiana, del clero y de la vida religiosa, una cierta resistencia a aceptar como válida la vocación misionera de los laicos.
Sin embargo, algunos institutos y congregaciones misioneras han asumido las aspiraciones de los laicos y les ofrecen su apoyo y acogida, tanto en el proceso de preparación a la vida misionera como a la hora de llevar a cabo su actividad evangelizadora en tierras de misión.
La opción, cada vez más decidida de los laicos por la misión, contribuye a poner de manifiesto que la Iglesia es por naturaleza misionera, y que todos sus miembros están llamados a participar, según sus posibilidades, en la tarea de llevar el Evangelio a todos los pueblos.
P. Valentín García